Uno creería que estas cosas no pasan en México, pero tal vez empiece a ser tan frecuente que le daría chorro a Pedrito Sola.
Resulta que en Tabasco hubo un divorcio de los normales: catorce años de matrimonio, se acaban las mieles, se reparten los platos y… se queda el husky en el limbo. Se llama Lucas, tiene tres años, es siberiano y come como si estuviera entrenando para la Iditarod. Más de mil quinientos pesos mensuales solo en comida. Y el señor, bien campante, dijo: “Yo no me quedo con el perro ni le doy ni un peso”.
Doña Blanquita (la que sí se quedó con el lomito) no se quedó de brazos cruzados. Buscó abogada. Y la abogada, Bellanila, aceptó el caso gratis, sabiendo perfectamente que en Tabasco no existía ni un solo artículo que hablara de pensión para mascotas. Era como pelear con un fantasma legal.
Diez meses de trámites. Diez meses de “¿y esto cabe en el Código?”. Hasta que una jueza familiar del municipio de Centro levantó la ceja, miró el expediente y dictó:
—Al husky se le van 700 pesos mensuales (el 3 % del sueldo del ex) más los veterinarios. Y la custodia se la queda la señora.
¡Boom! Primer perro en Tabasco (y de los primeros en el país) con pensión alimenticia oficial.
Lucas, sin saberlo, se convirtió en el perrhijo más famoso del sureste. Mientras tanto, uno se imagina al exesposo firmando el cheque y murmurando: “Nunca pensé que iba a estar pagando manutención… a un animal que ni siquiera me habla”.
Y así, señoras y señores, México sigue demostrando que en materia de justicia familiar ya no hay límites. Primero fue el departamento, luego el coche… y ahora el husky también tiene derecho a su “pensión de papá”.
