Era viernes por la mañana. No tenía reuniones importantes, así que cancelé las que tenía con unas posibles proveedoras. Si querían vender, que me esperaran. Este fin de semana ya tenía plan y pensaba saborearlo despacio.
Después del destrabe mañanero me levanté a asearme. Su baño era el típico de un edificio antiguo: amplio, de esos que todavía permiten una tina de verdad. Y lo mejor: la pequeña ventana daba una vista espectacular al Castillo de Chapultepec.
Justo cuando cerraba los ojos para relajarme un rato sumergida en el agua, entró él. Con esa naturalidad que solo da la juventud, con ese vale-madrismo que todavía no se le ha gastado. Se acercó a la taza, de pie, recto, sin el tambaleo de los hombres de mi edad. Mientras se aliviaba, volteó a mirar la ventana y se quedó observando el castillo, como si fuera un objetivo que llevara años esperando conquistar. Verlo como un conquistador me prendió un fuego interno que solo el agua pudo contener. Cuando terminó, se sacudió con esa precisión de tres movimientos exactos —porque más ya es otra cosa— y se quedó un segundo en silencio.
Entonces me levanté un poco, me incliné sobre el borde de la tina y lo llamé. La altura era perfecta: mis brazos, recargados en el borde, no tenían que esforzarse. La distancia entre el agua y mi cabeza era la justa para que el cambio de temperatura me pusiera la piel de gallina en el pecho y el jabón provocara esa sensación de suavidad que erotiza hasta al más insensible.
Lo tomé con la mano. Lo lavé con cariño, con cuidado y paciencia. No solo estaba borrando los rastros de la noche anterior y de esa mañana: estaba consintiendo y preparando lo que sería mío durante las próximas cuarenta y ocho horas. Después de enjuagarlo, lo sostuve un segundo más, sintiendo el peso y el calor que aún conservaba, y lo acerqué a mi boca.
Lo recibí despacio. Primero solo la parte más sensible, dejándola descansar sobre mi lengua mientras el agua tibia se movía alrededor de mis pechos. El contraste entre la temperatura de su piel y la del agua me recorrió la espalda en un escalofrío suave. Cerré los ojos un instante, saboreándolo. Estaba limpio, caliente, con ese leve sabor a jabón que se disolvía rápido y dejaba solo él.
Abrí los ojos y levanté la mirada. Cruzamos las miradas. Vi cómo su pupila se dilataba, abriéndose despacio al placer, y esa imagen me provocó un latido profundo entre las piernas. No era solo el gusto de tenerlo cerca: era verlo perderse un poco por lo que yo le estaba haciendo.
Mi mano libre comenzó a recorrer su cuerpo. Subió por el costado, rozó la línea de su cadera, sintió el temblor que le recorría el vientre. Luego bajó hasta sus nalgas. Las tomé con firmeza y lo atraje hacia mí, acercándolo más. Él soltó un sonido bajo, casi un gruñido contenido. Sentí cómo su cuerpo respondía: el endurecimiento inmediato, el leve empujón involuntario de sus caderas, la forma en que sus músculos se tensaban bajo mi mano.
Seguí con lentitud, dejando que mi boca lo rodeara centímetro a centímetro. El agua se movía apenas con cada movimiento de mis hombros. Mi piel sumergida se rozaba de una forma tan sutil, tan ligera, que en ese momento hubiese querido que se metiera a la tina y me tomara. Que entrara en el agua conmigo, que me abriera las piernas y me llenara mientras yo seguía prestándole esa atención lenta y profunda. El pensamiento solo me excitó más.
Cada movimiento deliberado de mi boca me devolvía una oleada de placer propio. Sentía cómo se tensaba mi vientre, cómo se humedecía más allá del agua, cómo mis pezones se endurecían contra la superficie tibia. Me excitaba tanto que debía controlarme para no acelerar, para no perderme del todo en la sensación. Porque hacerlo era arriesgarme a soltar el dominio que aún necesitaba tener sobre él… y sobre mí misma.
Mis uñas se clavaron en su espalda baja, luego en una de sus nalgas. No con violencia, sino con la precisión de quien está trazando un mapa. Lo marcaba. Cada presión de mis dedos era una señal: esto es mío, esta piel, este temblor, este jadeo. Él arqueó ligeramente la espalda y yo sentí cómo latía con más fuerza contra mi lengua. El calor de su cuerpo se intensificó. Su respiración se volvió irregular, más profunda, como si estuviera luchando por no entregar del todo el control.
Éramos dos almas salvajes, siempre dominantes, dispuestas a no ceder. Pero en ese momento yo estaba disfrutando demasiado de la lentitud. De la forma en que su respiración se volvía irregular cada vez que mi lengua giraba con calma. De cómo mi propio cuerpo respondía, cálido y tenso, mientras el agua lamiía mi piel y su sabor llenaba mi boca. Y de cómo él, a pesar de su juventud y su naturalidad, se iba rindiendo centímetro a centímetro bajo la presión de mi boca y de mis manos.
Seguí así, sin prisa. Subiendo y bajando con una calma deliberada, sintiendo cada latido suyo y cada respuesta de mi propio cuerpo. El placer se iba acumulando en mí como una corriente lenta, profunda, que no necesitaba prisa para ser intensa. Y en él también: lo sentía temblar, lo sentía contenerse, lo sentía querer empujar más profundo y al mismo tiempo no atreverse a quitarme el control.
Cuando sentí el temblor que anticipaba su límite, me detuve. Me separé con suavidad, le di dos palmaditas en el muslo y me puse de pie. El agua cayó de mi cuerpo en hilos lentos. Él se quedó mirándome, con la respiración descompuesta y el cuerpo aún tenso, brillante de mi atención.
Él dio un paso atrás de inmediato y cayó sentado en la taza, piernas abiertas, como esperando que mi cuerpo aterrizara junto al suyo. Caminé despacio, suave, casi modelando el trasero. Me incliné a recoger la toalla del piso —innecesaria, pero deliberada— y pude ver su cara de deseo mientras se sujetaba para terminarse. Disfruté verlo. Lo incité un poco más, exhibiéndome sin entregarme. Esta vez quería que entendiera algo: iba a ser mío durante los próximos días… y el control lo tenía yo.