Una mañana de agosto en Xochimilco
El sol de agosto ya quemaba cuando subimos a la trajinera. Sofía, Camila y yo. Tres cuerpos recién salidos de la ducha, piel todavía fresca, ropa mínima.

Me puse el bikini de crochet beige y los shorts de mezclilla. Ellas, blanco y beige. Nada de capas. Solo lo justo para que el calor hiciera el resto.
En cuanto el bote se alejó del embarcadero, Sofía se pegó a mi espalda. Su pecho contra mí, sus manos en mi cintura. Camila se sentó enfrente y no apartó la mirada. Me recorrió despacio, desde el escote hasta el borde del short.
—Hoy sí te ves lista —dijo en voz baja.

No contesté. Solo abrí un poco más las piernas sobre la madera caliente.
Cuando empezaron las fotos, dejaron de disimular. Sofía me besó la mejilla y dejó los labios un segundo de más. Camila hizo lo mismo del otro lado y su mano bajó hasta mi muslo, apretando. El short se subió. Sentí el calor de sus dedos exactamente donde el sol ya había empezado a marcarme.

Después Camila levantó mi pierna. Sofía me sostuvo por la cintura. Tres cuerpos pegados, respiraciones mezcladas, el crochet rozando piel, el denim marcando cada curva. Nadie habló. Solo el roce, el olor a protector y a perfume barato de las dos, y la certeza de que si alguien nos miraba desde otra trajinera iba a entender exactamente lo que estaba pasando.

Más tarde, de espaldas, las tres alineadas. Los shorts tensos. Sofía pasó la mano por mi espalda baja, despacio, como si estuviera midiendo hasta dónde podía llegar sin que yo la detuviera. No la detuve.

El resto de la mañana fue eso: cercanía que ya no buscaba excusa. Manos que se quedaban. Miradas que no se apartaban. Un calor que no venía solo del sol de agosto.

Cuando bajamos, ninguna de las tres dijo nada. No hacía falta.
Excelente Dia 🙂