Los primeros rayos del sol entraron por los huecos que dejan los carteles que cubren la ventana sin cortinas. Me calaron como cala la resaca de los cuarenta cuando no has tomado suficiente agua y, además, te han deshidratado.
La cama de madera maciza dejaba notar que estaba pensada para el placer. El ambiente olía a alcohol, a hierba y a ese aroma sui géneris que deja un acto bien logrado y sudado. Entonces volteé y ahí estaba él, su juventud y la clásica muestra de deseo matutino que me gusta tomar como un regalo de la naturaleza.
Lo miré un rato sin tocar, solo disfrutando el contraste.
Tenía el ceño fruncido incluso dormido, como si la frustración de anoche se le hubiera quedado pegada a la cara. Esa misma frustración que lo hacía tan jodidamente atractivo cuando bajaba del escenario, cuando se quitaba la camisa empapada y todavía se quejaba del público de mierda y del dueño del bar.
Ahora estaba ahí, boca arriba, una mano en el pecho y la otra tirada a un lado, la sábana apenas cubriéndole la mitad de una pierna. Su cuerpo respondía con esa honestidad matutina, tenso, presente, moviéndose apenas con cada respiración profunda.
La noche anterior yo era la clásica asistente de bar entre un grupo de amigas que nos habíamos reunido para celebrar el cumpleaños de una de ellas. Por ser un grupo de puras mujeres nos asignaron la mesa más cercana al escenario y a los servicios: la de rápida atención, la de las groupies, aunque del grupo no supiéramos ni su nombre.
La velada empezó con otra banda, aburrida, desagradable y tan mala que hizo ver a la banda residente como rockstars consolidados.
Siempre me han agradado los bateristas: mantienen el ritmo, tienen independencia, saben cuándo acelerar y frenar, no hacen ruido. Los bajistas, en cambio, son hábiles con los dedos y, cuando lo que buscas no es solo una penetración, una buena línea de bajo puede ser una opción. Los guitarristas son, por antonomasia, los “todas mías”: exageran en sus conquistas y terminan fallando. Mientras que los vocalistas… a esos nunca los he tocado porque siempre van con sus novias. Hasta esta noche.
Él empezó en la batería, con una mezcla de cumbia y rock con sonidos prehispánicos que hipnotizaron el ambiente. Después de tres canciones pasó a ser el frontman del escenario con un bajo que bailaba en sus brazos, sostenido por el talí que le hacía lucir como un artista consolidado y deseado.
Al estar en la mesa de enfrente no fueron pocas las veces que nuestras miradas se cruzaron. Al terminar su primer turno lo primero que hizo fue enviarnos un par de cervezas a mí y a mis amigas, para después aparecer cambiado, fresco, reluciente, como si el calor de las luces del escenario y el esfuerzo físico de brincar entre instrumentos no le afectaran. Mi cosquilleo fue instantáneo.
Después de una charla breve en su descanso, el DJ anunció su regreso al escenario. Durante este turno las miradas no pararon. Mi emoción por cada canción que me dedicaba o cada halago que me lanzaba desde el escenario aumentaba con cada trago que me metía. Estaba dispuesta a perder la conciencia con y por ese chico.
Me incorporé despacio. Sentí el tirón agradable entre las piernas, ese recordatorio de que me había abierto bien y sin prisa la segunda vez. El cabello se me cayó sobre un hombro y los aros grandes rozaron mi cuello. Me acerqué, apoyé una mano en su abdomen plano y caliente, y con la otra lo tomé. Estaba pesado, caliente, y al apretarlo un poco él soltó un sonido bajo, medio gruñido, medio queja.
Abrió los ojos de golpe, todavía con esa expresión de fastidio matutino que le quedaba tan bien. Me miró la mano alrededor de su cuerpo y después mi cara, como si necesitara un segundo para recordar quién carajos era la mujer que lo tenía agarrado a las ocho de la mañana.
Pero lo sabía. Él me había escogido y yo a él. Me limpié de él y después lo besé. Él no se apartó y, en ese instante, recordé lo sucio que fue la noche anterior: tomó en mi cuerpo un concierto que fue una montaña rusa de ritmos, tonadas y gemidos.
Me trepé y le ofrecí mi cuerpo en recompensa al excelente servicio de esa noche.
Él me tomó, me apartó y me dijo: “Así no, voltéate”. En ese instante me fijé que estaba frente a un gran espejo de pared. Reflejaba mi cuerpo completo, desnudo, hincado ante aquella dureza juvenil que deseaba tener adentro. Entonces me di la vuelta y lo tomé viendo siempre el espejo. Lo recibí mientras me miraba y me hice el amor con aquel cuerpo de carne y hueso que no protestó, no se quejó y resistió mi uso hasta que una exhalación me alertó de la venida inminente.
En ese momento recordé que estaba con él y me giré para besarlo, para hacerlo mío y apretarlo con todas mis fuerzas para que terminara dentro. Quería sentir cómo se corría cálidamente en mi interior y, cuando fue, su cuerpo creció aún más y entonces volé. Volé como lo hacía en mi juventud con las canciones de Soda Stereo saliendo del Bulldog, como volaba los viernes después del trabajo mal pagado con mi novio que juntaba su mísero salario barriendo oficinas para pagar el motel de promoción. Volé como volaba entregada a mí misma explorando mi cuerpo y, al aterrizar, lo vi sujetándome para no caer de espaldas al vacío de la orilla de la cama.
Supe que no lo podía dejar ir este fin de semana…
Continuará…
