Lo conocí trabajando en una oficina de gobierno municipal. Era el clásico “todas mías”, un hombre que todavía conservaba la seguridad y el atractivo de su juventud. Mi escritorio estaba justo frente al suyo, a una distancia perfecta para observarlo sin que se diera cuenta. Desde ahí pude estudiar su forma de seducir a las mujeres de la oficina: la sonrisa que cambiaba según a quién se dirigía, la manera de inclinarse un poco más cerca cuando la conversación le interesaba, el tono de voz que bajaba cuando quería generar complicidad.

“Aquí todas somos señoritas”, dijo una compañera mientras echaba el chisme detrás de mí. Al girarme me di cuenta de que era casada y, aun así, vigilaba con celos a su amante, al mismo hombre que yo también observaba. Genial, pensé. Doble entretenimiento.
Él se encargaba de algunos trámites de personal. Ella tenía autorización para entrar al archivo a buscar expedientes. El archivo era un pasillo estrecho, con estantes altos, poca luz y ese olor característico a papel viejo y polvo. Ahí, lejos de las miradas del piso, comenzó lo suyo… y también quedó marcada la tensión que los envolvía.
Una tarde que nos mandaron juntas al archivo alcancé a ver el momento exacto en que él se acercó por detrás y le hizo un gesto íntimo, rápido y posesivo. El sonido breve y el movimiento fueron suficientes para que un calor inesperado me recorriera el cuerpo. Me quedé inmóvil entre los estantes, fingiendo buscar un documento, mientras mi respiración se volvía más profunda de lo normal.

Después de ese día empecé a imaginarme cómo serían esos encuentros cuando nadie más estaba presente: el silencio del archivo, el polvo flotando en el aire, la sensación de estar completamente a solas, el roce de las manos que dejan de buscar expedientes y empiezan a buscar otra cosa. La urgencia de quienes saben que el tiempo es corto y cualquier ruido puede delatarlos.
La relación nunca fue abierta ni oficial dentro de la oficina. Sin embargo, más de una vez los vi esperarse en una esquina a unas cuadras del edificio, después de la hora de salida. Un encuentro discreto, rápido, perdido en la penumbra de cualquier colonia. Él tomándole el rostro, ella aferrando su ropa, los dos midiendo cada segundo.
Tiempo después ella comenzó a salir con alguien de otra dirección. Se notaba que a él no le gustó. Desde mi lugar podía ver cómo se tensaba cada vez que el otro le llevaba un café a la mañana. Dejaba de escribir, apretaba la mandíbula, se levantaba con cualquier pretexto. La tensión que antes se escondía en el archivo y en las esquinas ahora se sentía también en el piso, a la vista de todos, aunque nadie comentara nada en voz alta.
Ver esa dinámica me afecta más de lo que debería. Hay días en los que la imaginación se me dispara y me veo a mí misma en ese mismo archivo, entre los anaqueles altos, el vestido lleno del polvo gris del lugar, conteniéndome para no hacer ruido, entregada a alguien que también tiene poco tiempo y mucho deseo.

Salgo de la oficina con el cuerpo todavía caliente. Mi amante me espera, como casi todos los días, en un café lejos de nuestros trabajos. Los dos sabemos que en pueblo chico el infierno es grande.