Todavía intentaba recuperar el aliento cuando las luces de otro auto me alcanzaron por detrás. El corazón se me subió a la garganta. El estacionamiento estaba lo bastante oscuro y alejado de la caseta como para que cualquiera tuviera tiempo de hacer lo que quisiera y desaparecer. Apagué el motor de un golpe y me acomodé la ropa con dedos torpes, intentando borrar cualquier rastro de lo que acababa de pasar.
Dos puertas se abrieron. Primero vi el destello del vestido largo y brillante. Fernanda. Detrás de ella, el hombre con el que se había escapado, todavía con la camisa entreabierta y el traje ligeramente arrugado. El alivio me golpeó casi con la misma fuerza que el miedo de segundos antes… y se desvaneció en cuanto ella se acercó a la ventanilla.
—¿Estás bien? —preguntó, inclinándose—. Te vimos parada aquí y nos preocupamos. En la fiesta tomaste bastante y ya es muy tarde.
Me disculpé con la primera mentira que se me ocurrió: el sueño, la cercanía de la caseta, que solo necesitaba unos minutos antes de seguir. Fernanda no contestó de inmediato. Solo se quedó mirándome. Algo en mi expresión, o en el aire que todavía me rodeaba, debió delatarme, porque su sonrisa de lado volvió a aparecer. La misma de la plaza de Satélite. La misma de la fiesta. Más lenta. Más peligrosa.
—¿Quieres acompañarnos un rato? —dijo en voz baja—. Íbamos a fumar un cigarrillo más adelante. Es de muy buena calidad. Y el aire está frío.
No sé si fue el residuo de la fiesta, el estado de relajación que todavía me recorría el cuerpo o simplemente la forma en que ella me miraba, pero dije que sí.
Subieron. Él sacó de su chaqueta un pitillo ya armado y un par de botellas pequeñas que habían traído del auto. Mi camioneta era más amplia que el compacto en el que pensaba llevarse a Fernanda —con la excusa de un examen que, según ella me susurró después entre risas, jamás iba a presentar—. Encendí la calefacción. El humo denso, dulce y herbáceo llenó el habitáculo casi de inmediato.
El primer golpe me suavizó los hombros. El segundo me hizo soltar una risa corta, casi nerviosa. Ellos también se soltaron. Empezaron las anécdotas: los líos de sus hijos adolescentes, los pecadillos propios, las mentiras blancas que ambas habíamos contado a lo largo de los años. Cada historia salía más fácil, más desvergonzada. Las risas se volvieron más largas, más flojas. El cuerpo se me deshizo un poco contra el asiento. La mariguana no solo relajaba: quitaba las últimas defensas que todavía intentaban quedarse.
En algún momento las historias dejaron de importar.
Él se inclinó hacia Fernanda y la besó sin pedir permiso. Fue un beso lento, profundo, que no buscaba disimular nada. Cuando se separó, me miró directo a los ojos y sonrió. Esa sonrisa decía exactamente lo que yo ya sabía: esa noche el ritmo lo iba a marcar él.
Fernanda no se apartó. Se entregó con la confianza tranquila del pacto que las mujeres solemos guardar entre nosotras: hay aventuras que se viven, se saborean… y se guardan en silencio.
El cigarrillo se consumía solo entre nosotros tres. La calefacción seguía soplando. Afuera, la caseta de cobro seguía iluminada a lo lejos, pero dentro de la camioneta el mundo se había reducido a tres respiraciones, al olor dulce de la mariguana y a la certeza de que algo acababa de cruzar una línea que ya no tenía regreso.
Y todavía faltaba la noche por delante.