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Yo no debía estar ahí. | Parte 3

Posted on agosto 4, 2026 by valeria

En un momento, Fernanda levantó la vista y me encontró mirándolos. No hubo sorpresa en sus ojos. Solo sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta y después sonrió de lado, exactamente igual que en la plaza de Satélite.

Seguí observando en silencio.

Esa sonrisa y la mirada directa definitivamente era una comunicación que las mujeres entendemos, porque igual que los hombres las mujeres también solemos tener nuestras aventuras, solo que no las difundimos tanto.

El rubor sin maquillaje, haberse cambiado los tacones por zapatos flat no era solo por el cansancio de bailar tanto. De hecho esa noche hubo un segundo baile.

Más tarde, camino a casa, recordé que de hecho les perdí de vista durante un par de canciones… canciones de banda, justo las que no le gusta bailar a mi amiga. Aprovechó que en medio de los alcoholes los hombres habían decidido salir a fumar sus famosos puros y se llevó a su amante a la camioneta estacionada estratégicamente al fondo del estacionamiento.

Conduciendo a casa imaginé esa escena: el vestido de fiesta ya no caía con la misma elegancia, el traje entallado de él se veía arrugado y abierto en medio del sudor y el alcohol de una noche que, salvo por la diferencia de edades, bien pudo ser un encuentro clandestino de cualquier fiesta universitaria.

La camioneta se movía apenas, como si estuviera respirando. Por la ventana entreabierta se adivinaba el roce de telas, el golpe sordo de una rodilla contra el asiento y la risa ahogada de Fernanda cuando él la atrajo hacia atrás y le rozó el cuello. Ella no pedía permiso. Con una mano se aferraba al volante como si todavía estuviera manejando mientras con la otra le deshacía el nudo de la corbata. El ritmo se volvió más urgente, más desordenado. Fernanda se mordió el labio inferior hasta dejarlo rojo y le susurró algo que sonó exactamente como: “Más… que todavía tengo que volver a la fiesta”.

Él la sostuvo contra el asiento con una intensidad que no dejaba espacio para fingir. El vestido terminó enrollado en la cintura, el traje de él con la camisa abierta y el pecho sudado pegado a la espalda de ella. Cuando todo terminó, ella solo se rió bajito, como si acabara de ganar una apuesta privada.

Después se acomodaron la ropa en silencio, se miraron un segundo y volvieron a la fiesta como si nada hubiera pasado. Nadie se dio cuenta. O al menos eso creyeron.

Aún faltaba un buen tramo para llegar a casa. Por suerte, al cruzar la caseta hay un estacionamiento sin luz en el que pude detenerme a agotar las ganas que la imaginación me dejó. Me quedé ahí unos minutos, con la respiración agitada, liberando la tensión que se me había instalado desde que vi aquella sonrisa.

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