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Una noche

Posted on julio 31, 2026julio 31, 2026 by valeria

No lo busqué. Lo encontré.

Era tarde, el bar estaba casi vacío y él estaba solo en la barra. Camisa arremangada, manos grandes alrededor de un vaso que apenas tocaba. Cuando levantó la mirada y me encontró, no sonrió. Solo sostuvo mis ojos un segundo más de lo necesario. Fue suficiente. Sentí el golpe seco en el estómago, esa certeza antigua de que algo ya había empezado sin que yo lo decidiera.

Hablamos poco. No hacía falta.

En el ascensor del hotel el silencio pesaba más que cualquier promesa. La puerta se cerró y él no me tocó. Solo se quedó mirándome, respirando despacio, como si estuviera midiendo el tamaño exacto de lo que iba a ocurrir. Yo sentí el calor subirme por el cuello hasta las mejillas y tuve que apartar la vista un instante.

La habitación olía a sábanas limpias y a lluvia lejana. Apenas entró, cerró la puerta con cuidado. Me miró de nuevo, esta vez sin prisa, y avanzó. No hubo violencia. Solo precisión. Sus manos encontraron mi cintura y me acercó a él con una seguridad que me dejó sin palabras. Su boca rozó mi cuello y yo solté el primer suspiro, bajo, traicionero. Él respondió con un sonido grave contra mi piel que me recorrió entero el cuerpo.

Nos desvestimos sin prisa y sin palabras. Cada prenda que caía era una renuncia más a fingir que esto era casual.

Cuando me tendió en la cama, se quedó un momento mirándome. No dijo cumplidos vacíos. Solo respiró hondo, como si necesitara grabarse la imagen. Después se acercó y el mundo se redujo a la temperatura de su piel, al peso de su cuerpo, al ritmo lento y constante con el que nos movíamos. No había prisa. Solo una intensidad quieta, casi solemne, que se iba acumulando entre nosotros hasta volverse casi insoportable.

Perdí la noción del tiempo. Solo existía el calor, la respiración compartida, la forma en que sus manos me sostenían y la mía se aferraba a su espalda. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, algo se quebraba un poco más dentro de mí. Algo que llevaba meses cerrado.

Al amanecer él se levantó en silencio. Se vistió despacio, como si no quisiera romper del todo lo que habíamos construido en esa habitación. Antes de irse se inclinó y me besó la frente, apenas un roce.

—Gracias por la noche —dijo solamente.

Y se fue.

Me quedé en la cama, con el cuerpo todavía sensible y el olor de él impregnado en las sábanas. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no dolía. Había una calma extraña en el pecho, como si algo roto hubiera encontrado, aunque fuera solo por unas horas, la forma exacta de volver a armarse.

No sé si me sanó. Pero esa noche bastó para recordarme que todavía era posible sentir.

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